
La cosa es que me apareció en el blog con fecha del 7 de noviembre...pero es en realidad lo último que posteé.
Por eso, valga la aclaración.
AHORA SI...PASEN POR ACA...


Sé muy poco de la felicidad pero, cuando aparece, ella sabe mucho de mí. No me vende espejitos de colores. Si los quiero, me los regala.
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Hoy me levanté con la pata derecha y el mundo se lavó los dientes para sonreírme.
Apagué la alarma del celular, me dije “dos minutos más” y no me quedé dormida.
Cosa rara en los últimos meses, mi flequillo quedó de peluquería (la pelusa molesta que suele estorbar mis aspiraciones estilistas, se dejó abrasar por la planchita y quedó tan lisa como Pity de “Intoxicados”)
Logré rescatar una remera del verano pasado de lo más alto del ropero sin que el intento terminara en derrumbe de toda la pila.
Me acordé de meter en mi cartera una banana para aliviar el shock hambruno de media mañana (sin suspicacias, por favor, no me obliguen a decir plátano y mostrar mi perfil de consumidora compulsiva de culebrones centroamericanos)
Matteo (gnomo oculto tras un verde cuadriculado) me dio muchos besos antes de seguir viaje hacia el jardín.
Cuando sentía que las baldosas se iluminaban a mi paso, me choqué, en la esquina del laburo, con mi amiga Deborín.
Como todo buen encuentro inesperado de dos amigas que viven en la misma ciudad pero hablan por teléfono más de lo que se ven, fue exagerado, corto y efusivo (nos dimos un abrazo digno de dos inmigrantes que se encuentran por casualidad en país ajeno)
-Qué felicidad verla tan temprano, Srta.
Estaba radiante. Empezaba su semana laboral post recital de Serrat en capital. Es un potro, me dijo (la palabra potro, reveló su y mi pertenencia a una cierta década)
Nos despedimos con símil abrazo inicial y entré al trabajo cantando “de vez en cuando la vida...” y caminando con rebotes, como cada vez que ando contenta.
Para completar este TETRIS perfecto, ingreso a la office, enciendo la radio y la voz sensual de Gise anunciando al REY...
“Y que hiciste del amor que me juraste...”
A veces no se le puede pedir más a la vida.
Es como uno de esos chicles tan ricos que dan ganas de que nunca se les vaya el gusto. Viene suculenta como desayuno en vacaciones.
La llamo a Gise por el interno: “mirá con que tema me recibís”.
Abro el blog, dos comentarios nuevos. Polvo de hadas, de Princesita Hada y Tania telista con sus palabras turquesas siempre bienvendidas.
Sacaría una instantánea de este momento si no fuera porque vienen otros mejores (fila 13, butaca 35 y él en el escenario)
No quiero detenerme en nostalgias.
La bronca pasó (otra vez “oleeeeeee”)
Los astros están a mi favor.

Mi primera vez en el cine fue con la abuela Ana y mi prima Mariela. Por lo menos, la primera que recuerdo.
Fuimos a ver BAMBI, película que quedaría grabada en sus espectadores gracias a esa tierna imagen del cervatillo haciendo intentos fallidos por pararse, a minutos de nacer (y por otras más, que ya contaré)
Llegamos temprano para conseguir lugar (preferentemente en el medio y sin ninguna cabezota tapando el horizonte luminoso) y compramos muchas golosinas porque entonces las funciones eran dobles (pasaban dos películas con un breve intervalo entre ellas)
Antes de que apagaran las luces, la abuela ya arrugaba una treintena de papelitos de caramelos, los guardaba en la cartera y echaba mano a un pañuelo bordado, blanco con flores rosas con el que se secaba el sudor. Mientras, mi prima y yo indagábamos el lugar, la pantalla enorme, los otros chicos, mascábamos chicle y estudiábamos la capacidad de rebote de los resortes de los asientos.
Quién diría que una previa tan excitante terminaría en catástrofe y lágrimas.
No, la abuela no se atragantó con un pochoclo víctima de su ferocidad oral, ni se quedó atorada en la butaca con la consiguiente complicación de llamar a los bomberos, ni le propinó un cross de derecha a la gordita colorada de trenzas que masticaba con la boca abierta y preguntaba a cada rato con su voz chillona: ¿falta mucho?
Peor que eso: el protagonista, el ingenuo ciervo con el que nos habíamos encariñado, reído e identificado todos los pequeños de la sala, de pronto se quedaba huérfano.
A mitad de película ¡se murió la mamá de Bambi!
El disparo de un cazador nos dejó a todos sin aliento y más aun cuando la cierva eligió sus últimas palabras:
-Apúrate Bambi! Sálvate, corre hacia el bosque!
Y Bambi, corriendo entre la nieve, gritaba desgarrado: Mamaaaaaaaaaa!
Ahí no pude mirar más. Recuerdo haberme lanzado al piso para buscar refugio en la butaca de adelante, escudo protector de las imágenes siguientes (Bambi llorando, perdido, solo frente a los peligros del bosque, desamparado, acosado por fieras y demás perversiones premeditadas por guionistas y secuaces)
¿Cómo podían existir unos libretistas tan sádicos, capaces de arrancarle al cervatillo lo más importante del mundo provocando la paranoia de cientos de espectadores que no pasabámos el metro de altura y llorábamos desconsolados?
Las madres no daban abasto con sus consuelos de upa y pañuelo. El cine, hablando en criollo, era un mar de mocos. Mucho antes de congelarse, Disney ya perfilaba su corazón de hielo.
En mi siguiente incursión de este lado de la pantalla grande se repitió la fórmula: abuela-prima-yo. Esta vez usé mi butaca-trinchera en la parte en que a un Luis Miguel de 11 años, corte taza y voz de eunuco, le anunciaban que iban a cortarle las piernas y que ya nunca volvería a caminar. Su padre le decía: "Tienes que ser fuerte, hijo" (el tú de los culebrones era marca de importación) La cámara hacía un primer plano de la cara del niño de porcelana, mientras éste lloraba y entonaba la canción "Ya nunca más", dedicada a su madreque, para aportar mayor dramatismo, estaba muerta (Luis Miguel ergo mi segundo Bambi)
La tercera vez, la fórmula cambió: mamá-yo. La película: “Pie Pequeño en busca del valle encantado”. ¿Qué le sucede a este simpático pichón de dinosaurio llamado Pie Pequeño? Adivina, adivinador. No, no lo llamó Tinelli para hacer de Bernardo, ni el Discovery Kids para disfrazarse de Barney. Pie Pequeño, se quedó sin mamá casi al principio del film. O sea, vino a completar la trilogía de crueldades cinéfilas dispuestas a arruinarme la infancia inoculando en mi cerebro en desarrollo los miedos más crueles.
Después de la influencia de Walt, me invadió una especie de (horror, pavor, temor, terror...) pánico inconfesable.
Sólo lo supimos mis pesadillas y yo, pero es hora de confesarlo.
Tuve miedo de que ese colectivo que traía a mamá del trabajo a casa, del que ella bajaba con expresión de cansancio (pero con una sonrisa hermosa al verme) un día no me la devolviera, se la llevara lejos, a ese lugar al que ya se habían ido las mamás del celuloide y del que no habían vuelto, a pesar de las tristezas a coro.
Por eso durante meses la esperé en la parada del colectivo. dejé mis juegos por la mitad, o la leche, o los deberes. Fui un granadero. La custodia personalizada de mamá. Ella nunca lo supo (un verdadero ángel de la guarda no revela su identidad)
A mi no me la iban a sacar tan fácil, che.



En la radio, es el contador oficial de chistes bizarros. Toma un café cortado todas las mañanas. En mi barrio las mujeres son como la Tota: cincuentona, pelo corto o en rodete –como helado bolita recién servido- pollera o solera floreada y ama de casa convencida.
En las tardes de verano, tipo siete, cuando amengua el calor y aunque el asfalto siga que pela, los chicos salen de sus casas, pelota en mano, con una velocidad directamente proporcional a la fobia que sienten por las siestas, esa cárcel de colchón y persiana baja.
A esa misma hora, las Totas del barrio hacen los mandados mientras sus hombres se dejan ver en las veredas, brazos en cintura, ojos en dirección al cielo, como expertos meteorólogos.
Por la esquina del Noroeste pasa la 505 que te lleva al centro. También la 506, pero da más vueltas y agarra muchas calles de tierra, haciendo saltar a los chiquitos y mujeres que se sientan atrás.
Las chicas del barrio esperan al micro como a un novio. Se paran en las esquinas perfumadas, con sus pantalones blancos, sus remeras ajustadísimas y el pelo mojado. Nunca se sabe a donde van. Están de a dos o de a tres. Son Totas en potencia, o si se quiere, totitas. Se codean entre sí cuando los piropeadores de siempre, tetra o cerveza a la vista, les gritan de todo desde la puerta del quiosco de Carlitos, versado aglutinador de muchachones de esta raza etílica y bocona.
Todo transcurre más o menos así, a no ser que sople un viento de aquellos o se desate la típica tormenta pasajera. Si esto pasa, Carlitos entra el cartel del quiosco y las Totas van a buscar a sus hijos a la cancha, donde todavía están pateando, con la tierra pegada, hechos un asco.
Para las Totas es todo un tema que las agarre la tormenta justo a la hora de hacer las compras. Ese repentino cambio climático trastoca de tal modo sus planes, que en vez de bife con fideos, van a tener que improvisar unas croquetas con el arroz del mediodía. Así, mientras el aceite hace globitos en la sartén, la tormenta arrasa con cartones y botellas de plástico.
Claro que en el Noroeste, como en cualquier barrio del mundo, el viento también pasa y de a poco todo vuelve a su ritual. Las esquinas se pueblan, los maridos de las Totas vuelven a salir a las veredas y los chicos que hace un rato se transformaban en mini powers y hombres arañas, ahora toman jugo y transpiran sosegados.
Pasada la tormenta, llegan las noches más lindas, esas fresquitas como sonrisa de Colgate y con estrellas recién lustradas. Entonces, las Totas sacan sus sillas a la vereda, se acomodan como gallinas ponedoras y emiten comentarios autobombo de tipo: “¿Yo que dije? Era una tormenta de verano nomás”.
la primavera es a los cuerpos
lo que el otoño a los árboles
nos pelamos,
se nos caen las camperas
y los brazos
se parecen más que nunca a ramas
aunque más flexibles
miro mis dos ramas
con cinco brotes en cada extremo
que terminan en el teclado
de una computadora
que los prolonga en palabras
están blancos
no los agarró el sol de las doce
todavía.
en esa piel lechosa
puede leerse el mapa
de ciertas cicatrices
las vacunas
quemadura de cigarrillos
la punta triangular de una plancha.
Esas son las que se ven.
Foto by Lucas Giordano.
"Estos ojos precarios
ya no pueden engañarme:
Es el cielo quien vuela,
No los pájaros."
El hombre dijo al niño:
“No puedes volar
como la mariposa”.
Y el niño respondió:
“¡Shhh! Ella no lo sabe”.

