jueves, 30 de octubre de 2008

HOMENAJE


Cuerpo, cuerpito, cuerpazo. Que me llevás a todas partes, que siempre aguantás otro postre, otro vino , una cuadra más. Que cargás con tantas madrugadas en vela, aún sabiendo que al otro día vuelta y dale, a patear las calles, estudiar, trabajar, a sacudir las penas y empezar de nuevo.

Cuerpo de buena salud, de buena leche, nunca me jugaste una mala pasada, ni siquiera cuando te castigué con dietas inútiles, con exceso de cansancio, con horas de calambre en la computadora.
Hoy te miraba en la ducha, bajo el agua y pensaba en esa primera vez en el amor, temblorosa.

Gracias por los sobresaltos, las corridas, la fiebre -que tantas batallas supo ganar- los chicles de banana, la tortilla de la abuela, el olor a café, las pestañas-barrera, el helado.

Y perdoná por todas estas cosas:
Las mordidas de lengua
La quebradura casi expuesta de cúbito y radio.
Los llantos reprimidos, que te llenaron de nudos la espalda.
Las ganas censuradas de ir al baño (cuando no eras oportuno)
Las veces que no te lavé los dientes.
La depilación.
Las gripes.
La sobreexposición solar.
Los cigarrillos.
Los tirones de pelo de algún peinado raro.
Los granitos apretados.
El alcohol.
Los golpes en el punto neurálgico del codo.
Otra vez el alcohol.
Los zapatos aguja.
Los jeans elastizados.
El piercing de nariz.

Y perdoná también por todas las veces que me quedaste chico y fantaseé cómo hubiera sido no tenerte, traspasarte y echar a volar.

Gracias por todo, cuerpo, pero sobre todo, gracias por el parto. Por el útero-hogar de mi bebé. Por esa casa que alojó la maravilla. Por pujar, pujar, pujar, heroicamente pujar, hasta convertirme en la hembra más fértil entre todas las hembras, el ser humano más valiente, el animal más poderoso, la madre más orgullosa del mundo.

miércoles, 22 de octubre de 2008

CORAZON PARTIO



Más encantador que Hamelin, de apariencia símil al Príncipe de los cuentos pero sin protocolo, su único y gran defecto era su adicción a las mujeres.

Como todo el que padece de este vicio, se disculpaba con un cada vez más flacucho "es que todavía no encontré a la mujer de mi vida". Claro que si su vida era aterrizar borracho en cuanto bar, fiesta o boliche atestado de colegialas se anunciara en la ciudad, en busca de sexo express, un encuentro platónico iba a ser más bastante poco probable (convengamos que no imposible)

Su motor era la conquista per se. Hacía un uso constante de su arte para la seducción. Desde antes de la primera palabra cruzada con mujer alguna, ya desplegaba sus dotes, como buitre planeando bajo sobre el muerto antes de despedazarlo.

Más exacto que con un buitre sería compararlo con un lobo, ejemplar rebosante de salud y en permanente celo que rondaba las tertulias nocturnas en busca de víctimas no mayores de veinte.

Animal experimentado en conducirlas a su guarida de soltero, les daba tanto placer que extirpaba de sus pieles cualquier evidencia de ingenuidad para luego abandonarlas a su suerte, eternas palomas de ala rota, escritoras de mensajes jamás contestados (salvo en tiempos de hambruna)

Su salvajismo tenía poco de caballeroso y en cuanto la presa del momento se subía a un taxi y caía para siempre en un pozo sin fondo, él se hundía gozoso en la soledad de sus dos plazas y media.

Sin embargo, pasadas algunas horas, lo mismo que lo había llevado al éxtasis, le asqueaba. Ganas de borrarse a lengüetazos cualquier rastro de saliva ajena, como un gato que se lame la herida.

Tenía un repertorio variado: mozas, peluqueras, colegialas, pobres diablas, secretarias, promotoras y alguna que otra loba que, como él, jugaba a la liebre, aunqeua esas las identificaba con el primer olfato.

Todo empezó a cambiar cuando conoció a la sirena. Al principio no sintió nada especial. Sería apenas una más en su abultada lista de conquistas. Una mujer con cola de pez, nada mal para su agenda de extravagancias.

Se vieron una, dos veces, hasta que él descubrió en su pelo un no sé qué de algas, un aroma a recién salida de la ducha todo el tiempo, algo que lo eclipsó (sabida es la debilidad de los lobos por la luna)

Su sirena lo fue trabajando de a poco. Un día, le cantó desde las profundidades; otro, se asomó a mirarlo y al descubrir que él también la miraba, se zambulló perturbada. En poco tiempo, la frialdad calculadora del lobo se derritió como manteca al sol.

Es que las sirenas son lo peor que hay. Su doble identidad las vuelve impredecibles.


Ella supo enamorarlo como nadie antes para abandonarlo luego a su llanura solitaria.

Desde entonces el lobo comenzó a sufrir unos feroces dolores estomacales. Le dolía la panza, pero el juraba que le dolía el corazón.

Movido por los efectos de ese adiós inesperado, intentó convencer a la junta médica de que le hicieran un transplante de órganos.

Pero los resabios de su don flautista no le fueron suficientes y lo sometieron a otrotipo de intervención quirúrgica.

-Era una peritonitis machaza, dijeron los médicos (bueno, algo así)


Sólo el lobo, en su inmensa soledad, podía entender que todo aquello no era más que el resultado del tremendo coletazo dado por su sirena al pegar la vuelta para siempre.

lunes, 20 de octubre de 2008

AGARRATE CATALINA. PARTE III.




-Papá, no me alcanzan los pañuelos del mundo para limpiarme los mocos después de tu carta,- le dije en un SMS.
No me salían las palabras para llamarlo.
Minutos antes me había dado en mano un sobre que en el dorso decía "Agarrate Catalina. Parte III"
Mi papá, mi valiente papá, me confesaba en una carta de su puño y letra que valía la pena haber luchado por sobrevivir, que por mí se había sentido muchas veces como Don Quijote montado sobre Rocinante, luchando contra la muerte.
El pasó años en diálisis y recibió la donación de dos órganos, uno de los cuales su cuerpo rechazó y otro, que le dio el sí definitivamente.
Cuando escribí Agarrate catalina, se inspiró y largó todo.
Decidí publicar la carta para aquellos que pasaron por algo similar y por su valor literario.
Porque él lo cuenta maravillosamente.
CARTA DE MI PAPA

Y… la respuesta no se hizo esperar.

Traté por todos los medios de responderte o escribirte por la Web, pero me perdí entre arrobas, guiones bajos, enteres, pestañas y hot meils. Y no, la tecnología me superó, entonces pensé: le mando señales de humo, no, muy antiguas ¿Palomas mensajeras? No, ya nadie las cría, entonces recurrí a la vieja Bic.
Te tengo en la memoria cuando naciste y te vi el huevo en la cabeza ¡Qué miedo! ¿Quedará así? Me pregunté para mis adentros.
Recuerdo tu chuflín que agarraba de forma tirante tres pelos, y yo pensaba ¡esta nena cuando sea grande va a ser pelada!
Como vos sabés, no fue fácil mi vida, tuve que pelearla, desafiarla, ganarle a veces, empatarle otras, pero siempre con un pensamiento, “tengo que ver crecer a mi hija”, era lo único que pedía, más allá del dolor de mi carne, de las agujas, de los puntos, más allá de todo, vos fuiste mi motor de búsqueda y mi combustible para seguir peleando, para soportar esas largas noches de hospitales, con olor a desinfectantes, frías, tenebrosas, oscuras.
A veces por las noches, no podía dormir y salía a caminar (cuando podía) por los pasillos desiertos, oscuros, largos y silenciosos como si la muerte anduviera merodeando y escondiéndose en las sombras, y se me ocurría que así deberían ser los pasillos del infierno. Pero entonces inmediatamente pensaba en vos, en tus rulos forzados por las trenzas hechas con la cabeza recién lavada, y volvía a levantar la guardia, a revestir mi cuerpo con metal ¡y que vengan las agujas! Me sentía Don Quijote montado en Rocinante, volvía a la pieza y me dormía hasta que alguna enfermera hincha pelotas venía de madrugada a tomarme la fiebre, la presión, cambiar el suero, ponerme una enema, el papagayo ¡Todo al mismo tiempo y por agujeros equivocados! Y soltaba la preguntita ¿Cómo andamos? ¡Como la mierda andamos! le contestaba.
Cuando andaba bien y salía a pasear paraba en todas las jugueterías, mirando monos, lupas, muñecas patas largas (¡qué feas eran!) y me decidí por la lupa no sólo porque te la había prometido sino para que pudieras ver más grande cuanto era (y es) mi amor por vos.
Después de muchas idas y venidas, ya medianamente curado, empecé a tratar de recuperar mi vida, no fue fácil, me sentía un extraño en mi casa, y comenzaba otra lucha, la de alejar la espada que me tuvo contra la pared tanto tiempo y me decía: ¡Da un paso adelante!
A veces la vida te hace rebotar como pelotita de ping pong, para un lado y para otro, y es uno el que tiene que elegir, podés entregarte y dejar de sufrir o dar pelea, no por uno, que ya todo le da lo mismo sino por su familia, su esposa, su hija, llegás a un punto en que el camino se hace una “Y”, y te confieso que estuve muchas veces por tomar el equivocado.
Me perdí gran parte de tu infancia, gran parte de mis mejores años y siento hasta el día de hoy una gran bronca, pero ya está.
Y después empiezan las recompensas. Primero ¡otro hijo!, flaco como lombriz fajada primero, pero luego de 36.000 hlts de gota Doce suministrados por su preocupada madre, pasó a ser un monstruo depredador de heladeras y kioscos, y parece mentira lo que salió de la mezcla, hoy casi un hombre, con un corazón grande como una casa, cariñoso y buen hijo, la vida me recompensó con lo más lindo ¡Dos grandes hijos llenos de amor!
Después ni te cuento lo viejo y feliz que me sentí cuando nos dijiste que seríamos ABUELOS ¡¿Abuelos?! Pensé yo, joder como pasa el tiempo.
Y llegó el mentado “rusito” y uno no puede describir cuan grande es el amor que se siente por ese pedacito de carne envuelto en una gorra multicolor con una rana verde gigante que más que croar parecía eructar.
Lo bueno de los hijos cuando tienen los propios es que ahí empiezan a comprender lo que sentimos por ellos.
Querida hija, quiero agradecerte por haber esperado a papá que vuelva sanito, no me arrepiento de mi lucha por sobrevivir y lo que me perdí cuando eras nena, lo recupero ahora al ver la gran mujer que sos, estoy muy orgulloso de vos y siento que nuestra sangre corre por tus venas y las de tu hijo y me quedo tranquilo porque nuestro paso por el mundo queda en buenas manos, bien representado.

TE AMA CON TODO SU SER
PAPÁ.
18/10/2008
1:55 p.m.

sábado, 18 de octubre de 2008

TOTA NO SE NACE

Claro exponente de Tota.


Si ponemos una bolsa de papa sobre otra, obtenemos una aproximación al cuerpo de una típica Tota respetable y sanita.

Toda Tota con aire de lesbiana, deja de serlo en el instante que firma la libreta de casamiento.

Así es como en el barrio circulan ciertos mandatos que bien podrían compilarse en el libro de las Sagradas Escrituras Barriales.

A saber:
Tota con muchos hijos, es una madraza.
Tota con muchos hijos pero que engaña al marido es, por lo menos, flor de yegua.

Tota que mide el empacho, gurú a la que se premia con obsequios de valor inferior a una consulta médica.

Tota que enviuda, pasa a ser la pobre Tota del barrio.
Tota que enviuda con dos jubilaciones, seguro lo mató de un disgusto.

Tota que coquetea con el carnicero, está buscando mejorar la calidad de los cortes.
Tota con hijos que se casa de blanco, no tiene vergüenza.

Tota caída en desgraciada, tocate uno que trae yeta.
Tota flaca, seguro que está enferma.

Totas que hablan mal de otras Totas, son las más homenajeadas para el Día del amigo.

La cosa no termina ahí. Como las Totas son de reproducirse escandalosamente, se ven obligadas a aleccionar a las generaciones venideras, si no quieren convertirse en Totas indeseables o lidiar con Totitas discriminadas desde el Jardín de Infantes.

Así, el fértil terruño de las tradiciones barriales alcanza también a las Totitas, que mantendrán los rituales de la especie o se exiliarán del barrio de manera forzosa.

Estas leyes son:

Totita que se maquilla, no sabe ni lavarse los calzones.

Totita a los besos con un novio, sigue los pasos de la madre.

Grupos de Totitas que vuelven a los gritos del boliche, en cualquier momento aparece una con el bombo.

Totita con tatuaje, en algo raro anda.

Totita que deja la escuela, no tiene futuro.

Totita abanderada, el orgullo de toda Tota en la verdulería.

A todo esto, los maridos de las Totas, se mantienen ajenos, arrancando los yuyos del patio o mirando los números de la quiniela, con esa tranquilidad que sólo puede darles el saber que la educación de su Totitas está en buenas manos.

viernes, 17 de octubre de 2008

SOMOS LO QUE HACEMOS

En la radio, es el contador oficial de chistes bizarros. Toma un café cortado todas las mañanas.
Ese día, salió del trabajo camino al súper porque la leche en polvo estaba mala.
Al doblar en Zelarrayán, un colectivo lo levantó del asfalto.
Terminó en un Hospital, con algunos raspones y el pelo apelmazado de sangre seca.
A su mujer le dijeron: “lo atropelló un micro, pero está bien”. Antes de llorar, lo imaginó en la ventana tomando jugo con pajita.
Él también quiso llorar, pero su profesión había anulado ciertos rictus dramáticos, al punto de que su llanto parecía, gestual y sonoramente, un risa más.
¡No haber tenido un micrófono!

Hubiera pasado a la historia con un “lo mío fue mala leche”.

RECETA

Cosecha de Duraznos, de Nelly Alvarez


para ser feliz
lo que dura un mordisco
basta hincar el diente en un durazno
cual si fuera manzana

advertencia
ante falta de convicción
la receta falla

si se logra
ahí donde se anunciaba la cáscara
asustará la pelusa
donde se prevenía la dureza
sorprenderá la pulpa.

suficiente
para subvertir el mundo
lo que dura un mordisco.

jueves, 16 de octubre de 2008

LAS TOTAS Y DEMÁS



En mi barrio las mujeres son como la Tota: cincuentona, pelo corto o en rodete –como helado bolita recién servido- pollera o solera floreada y ama de casa convencida.

En las tardes de verano, tipo siete, cuando amengua el calor y aunque el asfalto siga que pela, los chicos salen de sus casas, pelota en mano, con una velocidad directamente proporcional a la fobia que sienten por las siestas, esa cárcel de colchón y persiana baja.

A esa misma hora, las Totas del barrio hacen los mandados mientras sus hombres se dejan ver en las veredas, brazos en cintura, ojos en dirección al cielo, como expertos meteorólogos.

Por la esquina del Noroeste pasa la 505 que te lleva al centro. También la 506, pero da más vueltas y agarra muchas calles de tierra, haciendo saltar a los chiquitos y mujeres que se sientan atrás.

Las chicas del barrio esperan al micro como a un novio. Se paran en las esquinas perfumadas, con sus pantalones blancos, sus remeras ajustadísimas y el pelo mojado. Nunca se sabe a donde van. Están de a dos o de a tres. Son Totas en potencia, o si se quiere, totitas. Se codean entre sí cuando los piropeadores de siempre, tetra o cerveza a la vista, les gritan de todo desde la puerta del quiosco de Carlitos, versado aglutinador de muchachones de esta raza etílica y bocona.

Todo transcurre más o menos así, a no ser que sople un viento de aquellos o se desate la típica tormenta pasajera. Si esto pasa, Carlitos entra el cartel del quiosco y las Totas van a buscar a sus hijos a la cancha, donde todavía están pateando, con la tierra pegada, hechos un asco.

Para las Totas es todo un tema que las agarre la tormenta justo a la hora de hacer las compras. Ese repentino cambio climático trastoca de tal modo sus planes, que en vez de bife con fideos, van a tener que improvisar unas croquetas con el arroz del mediodía. Así, mientras el aceite hace globitos en la sartén, la tormenta arrasa con cartones y botellas de plástico.

Claro que en el Noroeste, como en cualquier barrio del mundo, el viento también pasa y de a poco todo vuelve a su ritual. Las esquinas se pueblan, los maridos de las Totas vuelven a salir a las veredas y los chicos que hace un rato se transformaban en mini powers y hombres arañas, ahora toman jugo y transpiran sosegados.

Pasada la tormenta, llegan las noches más lindas, esas fresquitas como sonrisa de Colgate y con estrellas recién lustradas. Entonces, las Totas sacan sus sillas a la vereda, se acomodan como gallinas ponedoras y emiten comentarios autobombo de tipo: “¿Yo que dije? Era una tormenta de verano nomás”.



miércoles, 15 de octubre de 2008

ESTACIÓN CICATRIZ



la primavera es a los cuerpos

lo que el otoño a los árboles


nos pelamos,

se nos caen las camperas

y los brazos

se parecen más que nunca a ramas

aunque más flexibles


miro mis dos ramas

con cinco brotes en cada extremo

que terminan en el teclado

de una computadora

que los prolonga en palabras


están blancos

no los agarró el sol de las doce

todavía.


en esa piel lechosa

puede leerse el mapa

de ciertas cicatrices

las vacunas

quemadura de cigarrillos

la punta triangular de una plancha.


Esas son las que se ven.




martes, 14 de octubre de 2008

AGARRATE CATALINA (PARTE II)


Un mono con cara de goma y cuerpo peludo, fue el siguiente regalo que papá me trajo de Buenos Aires. Esta vez, él estaba muy gordo, parecía un globo en el segundo previo a reventar. “Es por un remedio, princesa”- decía. Quería pegarme a él, contarle todo lo que había aprendido, morderlo, besarlo, pegarle. Pero se encerraba con mamá y hablaban durante horas. Cuando me acercaba a la puerta para ver si faltaba mucho, alcanzaba a escuchar palabras como miligramos, deltisona, lista de espera, infecciones, mala praxis y apellidos raros. Entonces volvía a mi mono. Su cuello se adaptaba perfecto al ángulo de mi axila y así andábamos todo el día, cuello contra axila.


Con Mariela fueron tiempos de reconciliación, casi como una primavera, porque por primera vez yo no oponía resistencia a su propuesta de jugar a la casita y ella incentivaba ese brote de instinto materno prestándome sus ollas, sartenes, tazas y hasta huevos en miniatura. Convengamos que un mono no requería los esfuerzos de cambiar pañales y esas cosas. Además, tampoco hacía preguntas, se dejaba atender y listo. En cambio, las muñecas podían salirse con cuestionamientos y a mi no me daba la gana. Además, con el mono no había problemas de alimentación, comía bananas todo el día. Cuando advertí que sus dedos de goma me permitían entrelazarle las manos empecé a llevarlo colgado a todas partes. Pero para entonces papá ya estaba por volver con otro juguete. El mono tenía los días contados.


El títere acompañó mi etapa de etapa de algún tipo de borote psicológico en el que el Yo pasa a ser dicho por otro, o en tercera persona. Hablaba todo a través de títere. Ante un “Chiquita, no comiste nada”, mi muñeco contestaba con mi voz pero más aflautada, “Dice Ani que estaba muy rico, pero está llena”. Era un títere muy educado. Decía Buen Provecho en nombre de las dos.
Un día se me cayó en un balde. Por miedo a que se pudra, lo dejé sobre la mesada del patio, al sol. A cada rato lo iba a mirar. Sus pelos eran de lana. Sus ojos estaban cosidos con hilo celeste. Yo le decía, te bañé para que estés más lindo, pero le veía cara de no creerme nada. Al final se secó y volvimos a nuestra comunicación indirecta. El idilio terminó cuando mi perra Petunia, encontrándolo afín sus intereses lúdicos, lo olisqueó, lo babeó y finalmente lo descabezó. Fue un alivio para todos. Le di santa sepultura en el patio, abajo del limonero.



Del equipo de gimnasia azul me acuerdo clarito. Se lo había pedido a papá, porque faltaba poco para empezar la escuela. Era de un gusto femenino, lo que me hizo desconfiar de que lo hubiera elegido él. El buzo tenía el motivo de una nena rubia sosteniendo una inmensa regadera de la que salían gotas. No era un estampado de esos que se van con el primer lavado. Era una goma gruesa, gotas de un auténtico espesor. Y en la parte de adelante del pantalón había una flor sonriente, una margarita abierta a las gotitas que caían de la regadera. Esa nena sos vos -dijo papá- Y yo soy la margarita. Entendí que se sentía mejor. Que iba a volver pronto. Eso me dispensó de seguir asistiendo a los rosarios semanales organizados por la abuela con las viejas del barrio para pedir a los santos por un donante, cosa que yo ni sabía lo que era. Hasta que el donante llegó. Los estudios indicaron compatibilidad entre mi papá y mi abuelo. Se arregló una fecha. Había una esperanza. Pero había que seguir esperando. Como decía mamá. Vos a la escuela, mamá al trabajo, los abuelos te cuidan…y la parte más linda “papá vuelve sanito”.


lunes, 13 de octubre de 2008

Dos de VUELOS...



















Foto by Lucas Giordano.


"Estos ojos precarios
ya no pueden engañarme:
Es el cielo quien vuela,
No los pájaros."


El hombre dijo al niño:
“No puedes volar
como la mariposa”.

Y el niño respondió:
“¡Shhh! Ella no lo sabe”.

RIÑA DE GALLOS


Lo del Chiquito era un sucucho húmedo y sucio, en el que nadie sacaba número. Era una verdulería familiar, con piso de cemento, paredes manchadas y sus hileras de cajones de frutas y verduras.


La atendía “El Chiquito” (apodo con cierta ironía para alguien de las dimensiones de un ropero antiguo) canoso, con su chaleco azul arratonado, misma camisa siempre y una postura de Jorobado de Nôtre Dame, pero con muy poco del glamour francés y bastante más de veterano buldog. Era el viejo más sucio y menos amable del barrio, pero todos le seguían comprando.


Lo primero que sonaba al abrir la puerta de la verdulería era un llamador de vidrio, y de ahí en más, sólo había que esperar el turno. En segundos, la verdulería se convertía en un contingente de vecinas apuradas o que se las daban de, con sus bolsas de lona rayada y su prole de hijos colgando; y el Chiquito hacía lo que podía, lo que en general significaba atender al boleo y dar rienda suelta a los avivados de siempre, expertos en colarse.


Bananas, Naranjas, pepinos, zapallitos, calabaza (no muy grande, por favor) lechuga (¿es fresca Don Chiquito?) reclamos varios (no me va a meter la mula ¿eh?) y changuitos hasta el tope, desfilaban por el sucucho, rengueando de llenos.


En una de esas veces en que el chiquito pronunciaba la frase predilecta de su diccionario verdulero “¿Quién sigue?”, se abalanzó sobre el mostrador la señora de Suazo y dijo lo suyo.
-Flor de sinvergüenza resultó Usté.
-¿Cómo dice?
-Lo que escuchó Chiquito. No se haga el sordo.
-Expliquesé señora –el Chiquito se limpió las manos con una rejilla húmeda y sucia.
-Quién iba a decir. Venir a meterme el perro. Quince años que lo conozco – la mujer golpeó el mostrador enfurecida- Quince.


En tanto que la discusión iba levantando el tono, la señora de Suazo le reclamaba por dos kilos de menos en una bolsa de papas y el Chiquito lo negaba convencido ante todos los presentes que eran cada vez más desde que iba en aumento la posibilidad de una trifulca.


-Le digo que no señora.
-Yo las pesé, Chiquito. Usté es un ladrón.
-Bueno, le doy los dos kilos que falta.
-Usté se cree que me importan los dos kilos- la señora de Suazo transpiraba el bozo.
-No sé más que decirle, Sra.


Cunado el diálogo se estaba tornando circular llegó Don Suazo quien entró como un viento a la verdulería y hasta rompió el llamador de la entrada. Se fue hasta el mostrador, la corrió con el brazo a su mujer y le dijo al Chiquito.


-¿Qué te pasa viejo de mierda?


El Chiquito le hizo un ademán con la mano, como diciendo “es inútil, me voy” y empezó a caminar hacia la puerta interior que comunicaba el sucucho con su casa, como una rata que emprendiera su huída en cámara lenta. No hizo dos pasos que el Sr. Suazo se metió por atrás del mostrador y lo agarró por el cuello (era, junto con El Chiquito, uno de los más altos del barrio, aunque más joven que éste)


El viejo, zafándose como pudo, estiró un brazo hasta el costado de la balanza y alcanzó su cuchillo verdulero. Elemento en mano, rebanó el aire con cara de desquiciado, como haciendo gala de un símbolo fálico y desafió a Don Suazo, que no se quedó atrás y con un certero movimiento se hizo de su propia arma blanca: un cuchillo con filo serrucho.


-Yo le vuá a enseñar como se parte al medio un melón- susurró entre dientes Don Suazo.
Para entonces, la verdulería era un ring y los vecinos empezaban a hacer sus apuestas. Por lo bajo se escuchaba “Don Suazo lo mata, lo mata” o “no creas, El Chiquito era boxeador” y el infaltable “acá va a correr sangre, yo sé lo que le digo”.

De un lado, arremangado, con sus casi dos metros de humanidad y una jiba desafiante, El Chiquito; del otro, metro noventa, aire compadrito, Don Suazo, el devenido héroe barrial por su valentía en la lucha por los derechos del consumidor.

El primer navajazo lo tiró El Chiquito. Su rival se tiró para atrás con agilidad y arremetió con su serrucho, pero no llegó. Ambos avanzaban y retrocedían impulsados por la adrenalina, sudorosos. Luego de varios intentos errantes, filo va, filo viene, El Chiquito fue ganando terreno hasta que arrinconó a su contrincante contra las bolsas de papas. Don Suazo, tomó una de las bolsas y la arrojó contra aquel placard inconmovible, pese a sus años, hasta hacerlo tambalear. Pero hacía falta algo más que una bolsa de papas para derrumbar a ese dinosaurio de pelo grasoso que ahora más enervado que antes, se disparaba contra su enemigo a puro alarido logrando pincharle el hombro.

Al ver la sangre, que ya empapaba la musculosa blanca de Don Suazo, la señora de Suazo cayó desplomada sobre los cartones de huevos (de más está decir que no se salvó ninguno) y la pelea quedó ahí por razones obvias. Los vecinos que seguían el minuto a minuto sin perderse movimiento, tuvieron que ocuparse de contener a los luchadores y socorrer a los Suazo, uno por herido; la otra, por desmayada.

En un instante, la verdulería había quedado desolada. El Chiquito, solo, en medio de dos hileras de cajones, como gladiador sin hinchada, y ante la posibilidad de que alguien estuviera mirándolo todavía, se pasó el trapo de rejilla por la frente, manoteó una manzana y la mordió desafiante, como enviando un mensaje mafioso.

La última en cerrar la puerta había sido la culona del barrio, quien se fuera al grito de “yo acá no piso más”, lo que de alguna manera resultaba un alivio para “El Chiquito”, quien nunca había soportado su voz de pito.

jueves, 9 de octubre de 2008

AGARRATE CATALINA



No puedo decir que no existen infancias tristes, o infancias felices, porque en todo caso, estaría hablando siempre de mi infancia. Un papá enfermo, un patio grande lleno de bichos, una prima con quién pelear y comer girasoles, una abuela hipocondríaca pero que preparaba unas leches riquísimas.
Todo eso, trato de decir en mi primer post (Ay, qué formal suena, "mi primer post", dolor de panza) Primera regla: no expicar lo que se escribe (ya empecé transgrediendo)
Bue...basta de tanto barroco!
Me digo a mí misma, feliz estreno, y con una zapatilla me piso la punta de la otra, aunque no sea eso lo que esté estrenando, pero hay costumbres bobas que mejor conservar.



AGARRATE CATALINA

Hay cosas del pasado que sólo uno puede saber. Para eso, los juguetes y los olores son un ayuda memoria infalible. Son una mano que te tironea hasta meterte en la escena justa.

En mi caso el olor a café con leche es una máquina del tiempo que me tira en medio de la cocina de la abuela Ana, sentada en la cabecera de la mesa, desde donde se ven mejor los dibujitos. El guardapolvo, hecho una bola en el sillón. Son las cinco y cuarto. Recién llego de la escuela. La abuela me estaba esperando. "Hola mi piojita”, y enseguida sus brazos gordos, ese dúo de carnes colgantes como reses asomando por su vestido sin mangas floreado. Era la hora más feliz de la tarde.

Por entonces, admiraba a mi abuela como a uno de esos santos de La Piedad, iglesia del barrio en la que todos los chicos tomábamos la comunión. Ella era para mí como una especie de Virgen María gorda y colorinche. Sería por su parentesco con la castidad que preparaba unas leches purísimas, sin gordura, ni grumos. Echaba un chorrito de agua caliente en la taza, para diluir la leche en polvo y la malta, y revolvía; entonces sí, servía el resto. En esos tiempos era malta porque no alcanzaba para café. Sacábamos todo del almacen "San Cayetano” que regentaba la abuela secundada por mamá, pero con los fiados a los vecinos más la inflación, no había comercio que aguante.

Mamá, papá y yo, vivíamos atrás de lo de la abuela, en una casa un poco más chica. Bueno, mamá y yo vivíamos, papá sobrevivía. Una nefritis mal curada lo tenía en diálisis permanente y pasaba más días tirado en alguna clínica de Buenos Aires que viendo como yo aprendía el abecedario y mejoraba con las sumas y restas. Mientras él trataba de zafarla, había que seguir con las cosas de siempre, eso decía mamá, vos a tus juegos, mamá al trabajo, los abuelos te cuidan y todos rezamos por papá, para que vuelva sanito. Eso decía cuando hablaba, porque a veces pasaba días muda, con la mirada en los zócalos, como esperando el saludo de alguna cucaracha.

Las estadías de papá eran cada vez más cortas, cada vez más visitas, y terminaban en valijas, un pancho y una revista que siempre alguien me compraba en la Terminal como estrategia para desviar mi atención de la mano de papá diciendo chau desde la ventana del micro. Pero cuando volvía era una fiesta.
Traía regalos para todos, pero a mi solo me importaban los míos. Me acuerdo de la lupa. “¿Qué querés que te traiga de Buenos Aires, princesa?”, “Una lupa”, “Hecho, una lupa”. Mientras él se recuperaba en capital, yo le hacía dibujos y le escribía fotos, le ponía TE AMO en colores y me pintaba de rosa fuerte para estampar besos postales, pero ni una palabra de la lupa. Sabía que no iba a olvidarse. Era nuestro pacto silencioso. Cuando después de un tiempo, para mí más largo que el pasillo de mis casa, él volvía de Buenos Aires y se paraba en la puerta para verme correr a su encuentro, yo sabía que eso que brillaba en su mano, envuelto en un papel berreta y arrugado, era mi lupa.

Esa vuelta, él estaba más flaco y amarillo que nunca. Le sobresalían los ojos y el bigote Freddy Mercury era lo más vigoroso de toda su anatomía. Me acuerdo de que lo abracé ansiosa por confirmar mis percepciones, y sí, traía mi lupa. Desde entonces, reemplazó en mi ranking de pasiones a los dibujitos de La Magia de Titila. Pisaba hormigas negras y les quebraba las patas. Levantaba y partía ladrillos para ver que había debajo. Bichos bolita, arañas, con suerte alguna lombriz. Las cortaba con cuchillos tramontina y las veía a través de la lente. Me impresionaba que sus partes siguieran moviéndose. Un día le pregunté a papá porqué no hacían eso con él, cortarle esa parte que no le andaba y chau.

Mi nueva dedicación me absorbía tiempo completo. Los días de lluvia, la lupa renovaba sus funciones en los ambientes cerrados. Los granos de azúcar eran piedras gigantes y descubría las fallas de fábrica en los adornos de cerámica de la abuela, tales como la boca mal pintada de alguna bailarina musical o la mancha en la cabeza de la cabra del pesebre. Por esos rituales individualistas me gané de lleno la manifiesta reprobación de mi prima Mariela, quien vivía en la última de las casitas del terreno chorizo: primero la de los abuelos, la mía y después la suya.

Con Mariela no sólo compartíamos patio, sino abuelos, lo cual no resultaba tan fácil, ni tan difícil. La familia de ella tampoco era un modelo. Mi tío tomaba vino, mi tía pastillas de todos los colores y a Mariela no le quedaba otra que ser la más grande de los tres.

Por oposición a esta rutina familiar o por mera predilección, Mariela elegía siempre jugar a la casita y recrear escenas ideales con hijos felices, bien atendidos, bien alimentados. Por lo cual, mi preferencia por la lupa, los frascos de vidrios con hormigas, cascarudos y germinadores, la sacaba de quicio. Era ridículo que me negara a jugar a las muñecas y que encima le diera como única explicación que no me gustaba hacer de mamá. Pero era verdad.

A pesar de la distancia entre sus barbies, peponas y jolly bells y mis insectos aplastados, en tiempos de tregua, éramos felices. Comíamos mandarinas en la vereda de la abuela o comprábamos bolsitas de girasoles en lo de Gladis o Borelli, los quiosqueros del barrio yescupíamos las cáscaras con energía, para ver quien llegaba más lejos. Eso sí, cuando se desataba la guerra, Agarrate Catalina.

Nos tirábamos de los pelos sin aflojar y mi prima decía que yo era una maricona y que lloraba sin lágrimas , y ninguna quería soltar el mechón primero. Claro que yo tenía las de ganar por ser la más chiquita. Por razones como esa Mariela me quiso y me aborreció (graduando la intensidad según la circunstancia) desde el día en que vio asomar del bebesit mi cabeza deforme, un híbrido entre el cráneo de Condorito y los mutantes de la Guerra de las Galaxias, sobre la que todos decían ¡Qué hermosa!