Algo silencioso y continuo que, aunque con dificultad, me permitía respirar. No me había atragantado con un huesito de pollo, espina o cosa que se le parezca, sin embargo.
Tampoco era fruto de mi alergia natural a ciertos naturales verdes que me acecha en plazas, parques, patios de luz con plantitas y bosques del sur.
Abrí la boca como para tragarme el espejo y observé mis cuerdas vocales. Sin ser médica, intuí que todo estaba en su lugar y gozando de colores standard.
La campanilla se veía saludable en su húmeda trinchera. Me saludaba cual Heidi desde la cabaña del abuelo.
Traté de olvidar la molestia ocupándome en ciertos menesteres domésticos y otros: sacudí un sillón, preparé unos mates, leí un poco y hasta dejé que la crema de enjuague actuara en las puntas todo el tiempo que aconsejaba el envase, durante la ducha. Distractivos, todos, poco eficaces.
La cosa seguía ahí.
Pasaron más noches que días y yo seguí acarreando mi vano intento de hallar la causa de tal sentimiento de atore.
Hasta que puse en el campo de batalla todos los soldados. No más sacudir sillones. Abrí nuevamente la boca frente al espejo y, esta vez, ya sin antojo de evasivas, busqué el verdadero causante del síntoma que empezaba a treparse a mi mirada y a propagarse como una maleza.
Entonces advertí en mi garganta algo símil patita de mosca. Suavemente y evitando la arcada, la tomé entre mi índice y mi pulgar, como si de aquella pinza dependiera el descubrimiento de alguna importante vacuna.
Tiré apenas para comprobar la resistencia del hallazgo. Un poco más y aquello, no sin cierta tensión, empezó a salir.
De repente, para mi asombro, la símil patita de mosca se transformó en una letra, que al brotar a la superficie delató la presencia de otra, y esa de otra, y así. Una cadena de letras que saqué de mi boca como un mago su pañuelo.
Todavía no podía creer lo que estaba sucediendo cuando la panza de una O destapó por competo mi obstrucción. Serían algo más de una docena. No estaban todas las del abecedario. Y había algunas desconocidas.
Respiré con alivio mientras la serie de confusas grafías serpenteaban eslabonadas en mis manos temblorosas.
Desde entonces –hace siglos, a mi pesar-- armo crucigramas, anagramas, versos, canciones, poemas, grafitis, documentos, con la ilusión de que, algún día, o madrugada, me sorprenda habiendo comprendido qué –por fin-- quiero decirme.
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| El misterio del niño muerto, de la artista argentina Flavia Da Rin |


12 comentarios:
Una delicia...
las letras te brotan del alma
Impecable.
Es evidente que tu literatura viene "de adentro".
Felices vocalizaciones. =D
Odisea Burbuja
:) :) :)
CaZp
Ahora que tengo las cuerdas vocales libres...me dedico también a cantar. En la ducha, pero algo es algo. Beso!!
Impresionante, Ani. Creí en serio que tenías la pata de una mosca en la gargante. Buenísimo tu relato.
Con que simple y singular belleza te brotan las palabras, en el sentido más visceral.
Exprime ese don natural... pero también debes darle vida al lenguaje corporal, que ellas no adormezcan tus alas.Algo así como tu ser en la máxima expresión...
cariños desde este rincón verde,
G.
Ani,simplemente maravilloso un beso R,,
Dichosa ducha ;;D
Lelé
Que me lo digas vos es un orgullo, nena!! Gracias, de verdad. Un beso grande.
G.
Estoy pintando mandalas. Me hace bárbaro. Siento que mi cuerpo se expande en esos colores y salgo de, y entro a, mi centro energético vital como lombriz a la tierra. Es verdad, cuerpo, mente y alma deben actuar en equilibrio. Un besazo desde la ciudad del viento.
R
Gracias por tus lindas palabras.
CaZp
Dichosa ducha, aunque los vecinos no creo que opinen lo mismo.
Me dio impresión lo de la parte verde. Además en tu caso, lo que debía estar molestando debería estar más en el corazón que en la garganta.
Mario M
¿Sabés qué pasa Marito? Que las cosas del corazón no se quedan quietas...usan ascensores invisibles y es jodido cuando quedan en la garganta.
¿Por qué te dio impresión lo del verde? Ja, ja. Me sorprendiste.
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